viernes, 16 de noviembre de 2012

Lo que internet le hace al cerebro


No somos conscientes de los increíbles cambios en nuestro cerebro debidos al creciente uso de la red en la vida diaria. 

En 1879, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche estaba desesperado. Las heridas producidas en su juventud por caer bruscamente de un caballo perduraron en el tiempo, lo que le hizo declinar ser profesor en la Universidad de Basilea. Los fuertes dolores de cabeza y problemas de visión lo obligaron incluso a dejar de escribir.

Todo cambió en 1882 cuando adquirió una máquina de escribir de fabricación danesa, Hansen Writing Ball. Con sus ojos cerrados, esta máquina le devolvió a Nietzsche la alegría de escribir, al punto que le asignó uno de sus mejores sonetos. 

Sin embargo, algo curioso aconteció: uno de sus amigos más cercanos, Heinrich Köselitz, pudo identificar un cambio sutil en su escritura. De alguna forma, esta había perdido su fluidez natural.

Esta historia hace parte del fabuloso libro The Shallows: What Internet is Doing to our Brains del autor Nicholas Carr. Gracias a dos excelentes libros The Big Switch y Does it Matter, Nicholas Carr se ha ganado el prestigio por su agudeza intelectual. Un artículo suyo de 2008, publicado en The Atlantic con el sugestivo título ¿Nos está haciendo estúpidos Google? le dio la vuelta al mundo.

Para Carr, el punto de partida es el libro clásico de 1964 Understanding Media: The Extensions of Man del afamado académico Marshall McLuhan. Casi considerado una estrella, McLuhan fue un referente de los años 60, y fue maestro en construir frases que pasaron a la historia como “el medio es el mensaje”. Carr explica que, cuando se trata de una nueva tecnología, como la televisión o la radio, siempre van a existir entusiastas o detractores sobre el contenido de estos medios.

Para el caso de internet, tristemente, los debates han sido tan fuertes que han llegado al punto de agravios personales. Sin embargo, Nicholas Carr rescata a McLuhan por un mensaje muy particular. “En el largo plazo el contenido del medio importa muy poco comparado con la influencia del medio mismo en nuestra forma de pensar y actuar”, comenta el autor.

En el fondo, lo que McLuhan entendió fue que cada medio en particular implica cambios muy profundos en el ser humano. Piense en cómo el computador ha transformado nuestra forma de trabajar. Hace pocas décadas, las personas escribían o editaban sin la ayuda de un procesador de palabras, tareas que para muchos hoy en día parecen imposibles a mano.

Pero tal vez ni el mismo McLuhan imaginó lo que actualmente es la red: está en nuestra casa, oficinas, en el celular, y pronto hasta en la nevera o incluso en el cerebro mismo. 

En 2009, la población adulta en Estados Unidos gastaba en promedio doce horas semanales en internet, el doble de lo registrado en 2005. Los jóvenes entre los 20 y 30 años en este país ya cuentan 19 horas semanales on-line y siguen aumentando.

De hecho, actualmente un adolescente norteamericano recibe o envía en promedio 2.272 mensajes en la red al mes. No hay duda de que desde que el programador inglés Tim Berners-Lee escribió el código de la World Wide Web, este se convirtió en el medio por excelencia del ser humano. Sin embargo, probablemente con costos que no estamos dispuestos a reconocer. “Siento que no estoy pensando de la forma en que lo hacía antes. Esta sensación es más fuerte cuando me siento a leer”, confiesa Carr.

En su libro, este autor recoge el concepto de “tecnologías intelectuales”, original de los antropólogos Jack Goody y Daniel Bell. Si bien cada medio nuevo deja un sello en el ser humano, como descubrió McLuhan, aquellos que potencian la capacidad mental tienen un impacto mucho mayor. Así como la máquina de escribir influyó en la escritura de Nietzsche, el cerebro humano no fue el mismo con la aparición de tecnologías como la escritura, la lectura, el mapa o el reloj.

“Desafortunadamente, existen muchos fósiles del cuerpo humano pero no podemos saber qué diría un fósil de la mente”, argumenta Carr. A partir de exquisitas historias, Nicholas Carr hace un recuento de varias “tecnologías intelectuales”, con sus opositores y promotores, enfocándose en tal vez la más importante: el libro.

Alrededor de 1445, el herrero alemán Johannes Gutenberg se embarcó en una travesía por el río Rin que cambiaría el mundo. Gracias a la imprenta, los libros pudieron llegar a muchas más personas y no solamente a monjes o académicos que leían en cuartos oscuros. “Se estima que los libros producidos tras 15 años del invento de Gutenberg superaron lo hecho 1.000 años atrás”, consigna Carr en su libro.

De todas formas, explica que su ascenso no fue una tarea fácil. El mismo Sócrates, en tiempos de los griegos, denigraba de la escritura por atentar contra la memoria humana. Por simple que parezca, los libros requieren de una cualidad especial: la habilidad de permanecer en silencio y concentrados siguiendo las líneas de un texto por largo tiempo.

Esto no era natural para el ser humano; sin embargo, esta mística del libro, un proceso lineal de aprendizaje, según Carr, ha sido el sustento intelectual y cultural de la humanidad en los últimos cinco siglos. “Pronto será la ética intelectual del pasado”, argumenta el autor.

“Lo que estamos perdiendo, gracias a internet, es nuestra capacidad de permanecer enfocados y concentrados”, es el principal argumento de Nicholas Carr. Esta es una tendencia irreversible. La red es cada vez más nuestro mapa, reloj, teléfono, televisión y ahora tristemente también nuestro libro.

No es que estemos leyendo menos, explica Carr, de hecho al visualizar información todo el tiempo leemos más pero distinto.

Los científicos han descubierto que distintas zonas del cerebro se desarrollan o se apaciguan leyendo un libro o navegando por internet. Lamentablemente, en el futuro la experiencia va a ser la misma. En el afán de cada medio de parecerse a internet, también los libros electrónicos operan con hipervínculos y acceso a la red.

Cuando esté terminado el increíblemente ambicioso proyecto de Google Book Search de tener escaneados los libros de la historia estos podrán ser consultados como en una base de datos. “Como en internet, el ser humano va a leer un poquito aquí y un poquito allá desplazando cada vez más la lectura lineal”, argumenta Carr. Es un paradigma totalmente distinto con implicaciones reales sobre el cerebro.

Según Nicholas Carr, por muchos años los neurólogos permanecieron fieles a los conceptos del eminente científico español Santiago Ramón y Cajal quien en 1913 declaró que “en el cerebro adulto las neuronas permanecen fijas. Todo tiende a morir y no se puede regenerar”. Hoy en día, gracias a los descubrimientos de científicos pioneros como Michael Merzenich, sabemos que el cerebro es increíblemente flexible, incluso en la edad adulta.

Gran parte de los estudios de flexibilidad del cerebro parten de analizar personas que han perdido alguna extremidad. El cerebro, incluso en los adultos, tiene una gran capacidad para reorganizarse y componerse.

Estas son buenas y malas noticias. Por una parte, abre la posibilidad de tratamientos médicos y desarrollo intelectual para toda la vida; pero también de crear nuevos hábitos negativos en el cerebro. Cada nueva tecnología tiene efectos positivos y negativos. Es evidente que como seres humanos tenemos que defender nuestra capacidad de permanecer calmados, concentrados y disfrutar la vida. 


Autor: Carlos Andrés Vanegas
Para la sección Management de la Revista Dinero

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