lunes, 26 de noviembre de 2012

Fábricas de innovación

Las universidades modernas se rajan en materia de emprendimiento y espíritu empresarial. Llegó la hora de hacer bien la tarea.



A mediados del año pasado, Eric Schmidt, el renombrado CEO de Google, comentó en un panel sobre la reciente crisis mundial: “vamos a tener que pensar en una salida a esta situación y son las universidades las responsables de mostrar el camino”. Tiene sentido, en medio de las dificultades, poner los ojos en la academia, pues como alguna vez lo dijo el matemático inglés Alfred North Whitehead “las universidades crean el futuro”.

Además, ¿en qué otra institución del mundo es posible encontrar juntas todas las piezas necesarias para innovar? Se estima que, tan solo en Estados Unidos, las 125 principales universidades reciben recursos y donaciones por US$250.000 millones. Estas instituciones acogen más de tres cuartas partes de todos los Ph.D y la mayoría de los premios Nobel en ese país.

Según el reconocido profesor de Harvard, Michael Porter, “Estados Unidos ha sido particularmente exitoso en la tarea de convertir investigación en desarrollo económico”. De hecho, esta nación cuenta con casi la mitad de las patentes registradas a nivel mundial. Sin embargo, al tiempo que en plena crisis Eric Schmidt hacía un llamado a las universidades, un cambio sin precedentes empezaba a ocurrir. En los últimos años los recursos públicos y donaciones a las universidades en Estados Unidos han caído más de 30%. Al parecer, viene creciendo la percepción para muchos de que en términos de innovación, francamente, las universidades no están haciendo bien la tarea.

Hace falta urgentemente un ingrediente especial en las universidades modernas: el espíritu emprendedor. Solo cuando el emprendimiento está presente se crean los caminos para innovar”, sostienen en su reciente libro los profesores Holden Thorp y Buck Goldstein de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill Engines of Innovation: the Entrepreneurial University in the Twenty-First Century. Para estos autores, dependiendo del punto de vista, las grandes universidades se encuentran, bien sea en una posición envidiable o en una aterradora.

En su famoso libro de 2007 Innovation Nation, el experto internacional en innovación, John Kao, sostiene que los países que quieran alejarse de las guerras de precios tienen que repensar la forma de innovar para solucionar los problemas más grandes de la humanidad. En este sentido, según los profesores Thorp y Goldstein, muchos les están pasando una cuenta de cobro a las universidades pues, a pesar de tener libertad e inmensos recursos, no han cumplido las expectativas.

“Más que nunca, los inversionistas y filántropos quieren conocer el impacto social de sus recursos. Hoy en día no solo es deseable que las universidades sean fuente de innovación. Esta debería ser una prioridad nacional”, sostienen los autores en el libro.

De aquí surge el argumento principal de los profesores Thorp y Goldstein. “Lo fascinante de la innovación es que todo parte de un problema. Cuando el espíritu emprendedor se incorpora en las universidades, el potencial es infinito, ya que los grandes problemas se convierten en grandes oportunidades”, argumentan en el libro. En síntesis, estos autores proponen que las universidades del futuro sean instituciones que emprendan alrededor de grandes desafíos, como la pobreza o el cambio climático. Lamentablemente, según Thorp y Goldstein, “logros en esta dirección aún son muy limitados y, para algunos académicos, emprendimiento se equipara con oportunismo en forma peyorativa”.

Incluso un segmento importante de la academia en Estados Unidos considera que algunos efectos nocivos del establecimiento de la Ley Bayh-Dole Act de 1980 (que permitió a las universidades en este país tener un usufructo de sus patentes) son la pérdida de libertad y subordinación de las investigaciones académicas hacia intereses privados. Sin embargo, para estos autores todo parte de malentender el concepto de emprendimiento, que en términos del recordado autor Peter Drucker significa simplemente “los emprendedores innovan”. Es decir, para estos autores innovar en favor de la humanidad debería ser el eje rector de las universidades.

Hacer más con menos

Están tan íntimamente ligados el emprendimiento con la academia que, según Drucker, no existen mejores líneas para entender su evolución que en la historia misma de la universidad. Se reconoce a la Universidad de Berlín –fundada en 1810 por el diplomático alemán Wilhelm von Humboldt– como la primera institución moderna enfocada en la investigación. En Estados Unidos, la pionera fue la Universidad de Cornell, en 1865, liderada por el fundador de la Western Union, Ezra Cornell.

Más tarde vinieron las universidades de investigación Johns Hopkins (1876), Stanford (1891) y Chicago (1892) también creadas por industriales. Para el caso de Chicago, su fundador fue el mismo John D. Rockefeller. De acuerdo con los autores Holden Thorp y Buck Goldstein, cuando realmente se incorpora el pensamiento emprendedor en la cultura y las conversaciones diarias en la universidad, cosas no imaginadas pueden pasar.

Considere el caso del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en donde se estima que sus egresados han creado más de 5.000 compañías entre ellas Intel, Bose y Texas Instruments. Estas empresas hoy emplean a más de un millón de personas con ingresos anuales superiores a US$230.000 millones.

Para los profesores Thorp y Goldstein, dos casos sobresalen como ejemplos para quienes quieran dirigir las universidades emprendedoras del futuro. El primero es el Langer Lab en MIT, liderado por su fundador Bob Langer. El profesor Langer es considerado el Thomas Alva Edison de nuestro tiempo con más de 500 patentes a su nombre. Siempre enfocado en producir investigación aplicada, de sus laboratorios han nacido compañías en sectores altamente innovadores. Otro ejemplo es el The DeSimone Research Group en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. El trabajo del profesor Joe DeSimone en sus laboratorios ha dado pie para el nacimiento de un sinnúmero de compañías.

Para los autores Thorp y Goldstein, es lamentable que muy pocas universidades tengan entre sus prioridades crear emprendimientos porque los resultados suelen ser sorprendentes. Un estudio encontró que cerca de 8% de las empresas que nacen de la investigación académica tienen el potencial de salir a bolsa y crecen muy por encima de las empresas tradicionales.

Hacia el futuro, cada vez más distintas fuerzas van a obligar a las universidades a cambiar de rumbo. Thorp y Goldstein explican que las nuevas tecnologías están permitiendo a emprendimientos pequeños hacer lo que grandes organizaciones acartonadas no logran. En este contexto, las universidades se tienen que despertar a la fuerza. Pero además existe una razón adicional que las universidades no pueden pasar por alto: los jóvenes de hoy viven apasionados con conceptos como el emprendimiento social. Un reciente estudio encontró que la mitad de los jóvenes en Estados Unidos desea montar su propia empresa y que la inmensa mayoría se consideran emprendedores.

Sin embargo, estos autores sostienen “que quienes están dentro de la academia saben que cambiar las cosas no es una tarea fácil”. Según ellos, la principal dificultad es el individualismo típico en la academia, pero para solucionar los problemas más graves de la humanidad se requiere el aporte coordinado de distintas disciplinas.


Autor: Carlos Andrés Vanegas
Para la sección Management de la Revista Dinero

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